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Sur Acoge

Huelva Acoge: 35 aƱos tejiendo redes, construyendo dignidad

Hay aniversarios que se cuentan con velas, discursos y fotografías de archivo. Y luego estÔn los aniversarios que se cuentan mejor mirando a los ojos de quienes han pasado por una sede, por una mesa de orientación, por una clase, por una campaña agrícola, por un taller, por una conversación difícil o por un café compartido. Huelva Acoge cumple 35 años, y su historia no cabe del todo en una cronología, porque estÔ hecha de nombres propios, de acentos distintos, de situaciones resueltas con urgencia, de voluntades que no se rinden y de una provincia que, poco a poco, va aprendiendo a mirarse también desde la diversidad.

Isabel Mª Domínguez, coordinadora técnica de Huelva Acoge. 

La asociación nació a finales de 1991 con un propósito tan sencillo de decir como complejo de sostener: favorecer los procesos de inserción de las personas inmigrantes en la provincia de Huelva y contribuir a que la sociedad onubense entendiera la inmigración con una mirada mÔs abierta, respetuosa y ajustada a la realidad.  Desde entonces, Huelva Acoge ha sido muchas cosas a la vez: puerta de entrada, refugio, altavoz, brújula, espacio de mediación y, en no pocas ocasiones, ese lugar donde alguien escucha cuando parecía que nadie iba a hacerlo.

Los primeros años fueron, como casi todos los comienzos importantes, una mezcla de intuición, compromiso y mucho trabajo. Entre 1992 y 1993 comenzaron programas que hoy permiten entender la amplitud de aquella apuesta inicial: piso de refugiados, sensibilización, vivienda, clases de castellano, educadores de calle o programas en prisiones. También se abrió un centro en Lepe, clave para acercar la atención jurídica y social a una realidad migratoria que ya empezaba a hacerse visible mÔs allÔ de la capital. No había entonces tantos protocolos ni tantas palabras técnicas; pero sí había, sobre todo, una convicción: si las personas no pueden llegar a los recursos, los recursos deben acercarse a las personas.

Con el paso de los años, Huelva Acoge fue creciendo al ritmo de la provincia. Entre 1994 y 1997 la entidad se consolidó como referente en materia de inmigración, organizÔndose en Ôreas de acción social, promoción educativa y sensibilización/formación.  La apertura de un punto de atención en Moguer y la puesta en marcha de la intervención con trabajadores agrícolas de temporada mostraron una de las claves de su trayectoria: la capacidad de leer el territorio. Porque en Huelva hablar de migraciones es hablar también del campo, de la fresa, de los frutos rojos, de campañas que llegan cada año y de una economía que necesita manos, pero que no siempre ha cuidado suficientemente las vidas que hay detrÔs de esas manos.

En esa historia hay tambiĆ©n episodios con sabor muy onubense. Durante varios aƱos, la asociación tuvo una caseta en las Fiestas Colombinas como vĆ­a de autofinanciación y, de paso, como magnĆ­fico escaparate para dar a conocer su labor.Ā  No deja de tener su gracia —y su belleza— imaginar que, entre un plato de choco frito y una sevillana, tambiĆ©n surgĆ­a un baile latino, y entre bullicio tambiĆ©n se estaba construyendo convivencia. QuizĆ” ahĆ­ haya una metĆ”fora perfecta de Huelva Acoge: estar donde estĆ” la gente, sin solemnidad excesiva, pero con una idea muy seria entre manos.

A finales de los noventa y comienzos de los dos mil, la entidad amplió horizontes. Participó en proyectos orientados al trabajo con mujeres desde una perspectiva sociolaboral, y logró consolidar una línea educativa en coordinación con la administración, hasta el punto de que las clases de castellano fueron encontrando continuidad en los centros de educación permanente.  Ese detalle habla de madurez institucional: saber cuÔndo hacer directamente, cuÔndo acompañar y cuÔndo empujar para que las administraciones asuman lo que también les corresponde.

Después llegaron realidades mÔs duras y persistentes. La proliferación de asentamientos chabolistas en zonas agrícolas obligó a abrir una línea específica de atención a las personas afectadas. También se trabajó en la gestión de flujos migratorios vinculados a la contratación en origen, primero con mujeres de Europa del Este y posteriormente con mujeres marroquíes.  La entidad reforzó ademÔs el asesoramiento jurídico especializado en extranjería, la orientación laboral, la formación para el empleo y la mediación social intercultural, especialmente en el Ômbito educativo. 

Pero si algo enseña una trayectoria de 35 años es que no hay avance lineal. También hubo crisis. Entre 2008 y 2012, la crisis económica golpeó con fuerza a la entidad y redujo de forma significativa sus fuentes de financiación.  Fueron años de resistencia, de sostener servicios mínimos, de hacer mucho con poco y de comprobar que las organizaciones sociales no viven solo de proyectos, sino también de convicciones, socias, socios, voluntariado y militancia cotidiana. En esos momentos se mide de verdad la solidez de una entidad: no cuando todo acompaña, sino cuando toca seguir con menos recursos y mÔs necesidades.

A partir de 2013 se abrió una nueva etapa, marcada por nuevas líneas de financiación y por cambios sociales evidentes: aumento de personas solicitantes de asilo y refugio, programas de protección internacional, ayuda humanitaria para quienes llegaban a la frontera sur o residían en asentamientos, y una mayor especialización en violencia de género, atención a mujeres, jóvenes, jóvenes extutelados y posibles víctimas de trata.  Huelva Acoge fue adaptando su mirada sin perder el centro: los derechos, la dignidad y la persona concreta.

Hoy, cuando hablamos de Huelva Acoge, hablamos de una entidad que forma parte de la memoria social de la provincia. Una organización que ha defendido la justicia social, la equidad, la interculturalidad, la participación, el voluntariado y la actitud crítica frente a las situaciones que vulneran derechos.  Y hablamos también de una comunidad amplia: trabajadoras, voluntariado, personas socias, entidades aliadas, profesionales de distintas administraciones y, sobre todo, personas migrantes que no han sido solo destinatarias de proyectos, sino protagonistas de sus propios procesos.

Los retos de futuro no son menores. La provincia sigue enfrentÔndose a desafíos vinculados a la vivienda, los asentamientos, la precariedad laboral, la regularización administrativa, la protección internacional, la convivencia intercultural y el auge de discursos simplistas que convierten la migración en problema antes incluso de mirar a las personas. También serÔ necesario fortalecer la participación comunitaria, cuidar al voluntariado, mejorar la coordinación institucional y seguir explicando, con paciencia y firmeza, que la diversidad no es una amenaza: es ya parte de lo que somos.

Porque Huelva Acoge no ha trabajado durante 35 aƱos para ā€œintegrarā€ a unas personas en una sociedad inmóvil. Ha trabajado —y esa es quizĆ” su mayor aportación— para que la sociedad onubense se reconozca a sĆ­ misma como una realidad cambiante, mestiza, plural, atravesada por idas y venidas. Una sociedad que puede elegir entre levantar muros o tender puentes. Huelva Acoge apostó hace tiempo lo segundo.

Y aquí sigue. Con expedientes, talleres, visitas, informes, campañas, asambleas, llamadas, acompañamientos y conversaciones. Con la experiencia de quien ha visto cambiar leyes, fronteras, perfiles migratorios y discursos públicos. Y con la misma tarea de fondo: acoger no como gesto puntual, sino como forma de estar en el mundo.

Treinta y cinco años después, Huelva Acoge puede mirar atrÔs con orgullo, no porque todo esté hecho, sino porque ha demostrado que otra manera de convivir es posible. Y puede mirar hacia adelante con responsabilidad, sabiendo que los próximos años exigirÔn nuevas respuestas, mÔs alianzas y la valentía de siempre.

Al fin y al cabo, acoger no consiste solo en abrir una puerta. Consiste en quedarse cerca cuando la puerta ya se ha abierto.